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El telescopio James Webb detecta la supernova más antigua jamás observada
por Maria Mercado
en mar 03 2026
El telescopio espacial James Webb ha vuelto a marcar un nuevo récord: ha observado la explosión de una estrella, una supernova, que sucedió hace unos 13.000 millones de años, cuando nuestro universo tenía apenas un 5% de su edad actual. Esta supernova se convierte en la más lejana y antigua jamás captada.
El hito ha sido posible gracias al trabajo cooperativo y en secuencia de varios de los más capaces telescopios que existen actualmente, que fueron activados cuando, a mediados del mes de marzo, se recibió un fuerte destello de rayos gamma procedente del espacio. Las observaciones realizadas con estos instrumentos permitieron, durante las semanas siguientes, localizar el punto exacto hacia el que el James Webb debía apuntar sus cámaras.
Trabajo en equipo
El 14 de marzo, el observatorio espacial SVOM (un proyecto conjunto entre Francia y China) dio la alarma después de detectar un potente resplandor de rayos gamma que parecía provenir de una fuente muy lejana y que se denominó GRB 250314A. Sólo una hora y media más tarde, el satélite SWIFT de la NASA, especializado en la observación de este tipo de fenómenos, ya había identificado el lugar en el firmamento desde el cual llegaban las emisiones.
Tras once horas de la alerta inicial, entró en escena el Telescopio Óptico Nórdico, que opera desde Roque de los Muchachos en la isla de La Palma. Este equipo captó luz infrarroja llegando de la misteriosa fuente emisora, una indicación que hacía sospechar que el origen se hallaba muy distante. Y, efectivamente, poco después el Telescopio Muy Grande (VLT, ubicado en Chile) confirmaba que el suceso había acontecido aproximadamente 730 millones de años después del Big Bang.
Este dato enseguida creó gran expectación entre la comunidad científica. Según Andrew Levan, uno de los investigadores que han analizado este acontecimiento y que es profesor de la Universidad Radboud en Nijmegen, Países Bajos, y de la Universidad de Warwick en el Reino Unido, en las últimas décadas sólo se han detectado unos pocos estallidos de rayos gamma provenientes de los primeros mil millones de años del universo. En palabras suyas, “este evento en particular es muy inusual y emocionante”.
Ilustración del Telescopio Espacial James Webb, que orbita a 1,5 millones de km de distancia de la Tierra NASA / Europa Press.
La supernova
Cuando las estrellas mucho más masivas que el Sol llegan al final de su vida y agotan el combustible nuclear, la gravedad provoca el súbito colapso del gigante. El interior del astro moribundo se comprime de forma tan extrema que genera un agujero negro o, según el caso, una estrella de neutrones.
Estos objetos, extraordinariamente compactos, actúan como una pared contra la que rebotan violentamente las capas externas de la estrella que caen hacia el centro a velocidades extremadamente altas. Y es este choque el que desata la explosión supernova, en la que se emiten al espacio cantidades ingentes de radiación.
Una de las primeras emisiones que liberan estos acontecimientos es la correspondiente a la de muy alta energía. Son brotes de rayos gamma que duran segundos o, a lo sumo, unos pocos minutos. A continuación, es la radiación de menor energía, como la luz visible, la que toma el relevo y hace que la supernova aumente paulatinamente su brillo a lo largo de semanas.
Sin embargo, la supernova recientemente detectada siguió incrementando su luminosidad durante meses, un hecho que se interpreta como producto de la expansión del espacio durante el tiempo que la luz ha estado viajando hacia nuestros instrumentos. Esta circunstancia es, precisamente, la que ha permitido preparar con antelación las observaciones del telescopio más potente que tiene la humanidad: el James Webb.
Representación artística de la supernova. A la izquierda, en sus momentos iniciales, con la emisión de rayos gamma. A la derecha, 3 meses después con el brillo generado por la explosión NASA, ESA, CSA, STScI, L. Hustak.
Un gran reto
Gracias al trabajo previo de los observatorios que se activaron en los primeros instantes tras la detección inicial en marzo, la ubicación de la supernova había quedado acotada, de forma que el desafío del James Webb era, ni más ni menos, que intentar capturar una imagen que delatase la presencia del cataclismo en esa región del cielo. Los astrónomos estimaron que el momento idóneo para hacerlo sería unos 3 meses y medio después del resplandor de rayos gamma, cuando el brillo de la supernova alcanzara su máximo.
Y las observaciones del Webb, realizadas en luz infrarroja, han dado resultado. En un campo visual repleto de galaxias que se sitúan en un primer plano, aparece un diminuto punto rojizo, apenas perceptible, compuesto por unos pocos píxeles, que se ha identificado como la galaxia que alberga la supernova. Un acontecimiento que envió la luz, que ahora recibimos, hace más de 13 mil millones de años.
La detección del James Webb convierte esta supernova en la más lejana y antigua jamás captada, batiendo el récord anterior en, por lo menos, un millar de millones de años.
Como las demás
La época del universo en la que explotó la supernova protagonista del hallazgo se caracterizaba por tener unas condiciones bastante diferentes a las actuales. Para empezar, había menos presencia de elementos químicos pesados, ya que los átomos más complejos que el hidrógeno y el helio han sido fabricados por generaciones de estrellas que los han liberado al espacio en el momento de su muerte. Por otra parte, se sabe que las primeras estrellas del cosmos fueron mucho más masivas que las actuales y que vivieron relativamente poco tiempo.
Es por ello que los astrónomos abordaron el estudio del fenómeno “con la mente abierta”, tal como señala Nial Tanvir, coautor de la investigación y profesor de la Universidad de Leicester (Reino Unido). Y, para sorpresa de todos, los primeros datos disponibles parecen indicar, en palabras de Tanvir, que esta supernova “se parece exactamente a las modernas”.
Sin embargo, tal como advierten los científicos, se necesitará recabar más información para poder determinar hasta dónde llegan las similitudes y poder identificar las pequeñas diferencias que puedan existir.
Fuente: La Vanguardia
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Descubren que en Titán no hay un océano, sino un granizado que multiplica la posibilidad de vida
por Valentina Grunefeld
en dic 31 2025
Durante casi dos décadas, el lugar predilecto para encontrar vida más allá de la Tierra era un mundo realmente alienígena: Titán, la mayor luna de Saturno. Bajo su espesa atmósfera naranja —comparable a la de la Tierra— y sus lagos y mares de metano parecía esconderse un océano global de agua líquida, enterrado bajo kilómetros de hielo. Ahora, un nuevo estudio liderado por científicos de la NASA obliga a repensar esta imagen: Titán no alberga un océano subterráneo, sino una inmensa capa de hielo caliente, parcialmente derretido. Al contrario de lo que se podría pensar, las posibilidades de que haya vida en este entorno “se multiplican”.
“La mayor implicación de este hallazgo es la existencia de ambientes muy distintos dentro de los mundos extraterrestres, comparado con lo que pensábamos hace unos años”, explica Flavio Petricca, investigador de la NASA y primer autor del estudio.
La conclusión nace de una relectura minuciosa de los datos de la sonda Cassini, que orbitó Saturno y sobrevoló Titán en múltiples ocasiones entre 2004 y 2017. Las mediciones gravitatorias de esta nave robótica se interpretaron como la huella inequívoca de un océano bajo la superficie de hielo. El satélite respondía de forma exagerada a la descomunal fuerza de gravedad de Saturno, deformándose como lo haría una esfera con una capa líquida en su interior. Pero todas las medidas captadas por la nave no podían ser verdad al mismo tiempo. “Esta es la primera vez que podemos cuadrar todos los datos con un modelo exacto del interior de Titán”, resume Petricca.
La clave del nuevo estudio está en estudiar el tiempo que tarda Titán en responder a la fuerza de atracción de Saturno. Si existiera un océano global, la deformación del satélite sería casi instantánea, como las mareas que siguen el paso de la Luna sobre los océanos terrestres. Sin embargo, al aplicar nuevas técnicas de procesado de los datos de radio de Cassini, el equipo ha detectado un desfase.
“Si estuvieras de pie sobre la superficie de Titán y Saturno pasara sobre tu cabeza, el terreno bajo tus pies solo empezaría a elevarse unas 15 horas más tarde”, explica Petricca. “Esto es una fuerte indicación de que el interior de Titán está hecho de una capa de hielo granizado con bolsas de agua ampliamente distribuidas, y no de un océano global profundo e interconectado”, añade. Este hielo granizado disiparía la energía transmitida por Saturno justo en la cantidad observada.
El resultado dibuja una estructura interior de Titán radicalmente distinta a la que se había imaginado. El océano es en realidad una “hidrosfera” de unos 550 kilómetros de profundidad hecha en su mayor parte de hielo a alta presión, y que contiene innumerables bolsas de agua líquida cuyo interior puede alcanzar los 20 grados. Aunque estas burbujas no se comunican entre sí para formar un océano global, el volumen total de agua líquida dentro de estas balsas podría ser comparable al de todo el océano Atlántico, destacan los investigadores de la agencia espacial de Estados Unidos.
En la superficie de Titán hay ríos, lagos y mares de metano y etano líquidos. En su atmósfera se forman nubes, llueve, hay estaciones y procesos químicos complejos que recuerdan a la Tierra primitiva. Cassini reveló dunas de hidrocarburos, mares polares y una química orgánica rica, capaz de producir moléculas precursoras de la vida, e incluso vesículas que podrían ser el primer paso hacia la formación de células vivas, según estudios recientes de la propia NASA.
Durante años, el supuesto océano subterráneo de agua salada completaba ese retrato: un mundo con energía, química y agua líquida, los tres ingredientes clásicos de la habitabilidad. El nuevo estudio no elimina el agua del escenario, pero la redistribuye. En lugar de un océano continuo, propone innumerables nichos aislados, algo parecido a los ecosistemas que prosperan en el hielo marino de las regiones polares terrestres.
Estos ambientes “pueden ser especialmente interesantes para la astrobiología”, razona Antonio Genova, investigador de la Universidad de Roma Sapienza, y coautor del estudio, que se publicó en Nature. “Las bolsas de agua líquida engastadas en el hielo pueden concentrar sales y moléculas orgánicas, creando soluciones líquidas de gran riqueza química. La fuerte convección podría transportar estas burbujas hacia arriba y hacia abajo, conectando el fondo rocoso del océano” y el material orgánico que abunda en los lagos y ríos de la superficie. Es algo nunca visto en una luna del sistema solar.
La hipótesis podrá ponerse a prueba gracias a la misión Dragonfly, un dron de la NASA que explorará la superficie de Titán en la década de 2030. Además de estudiar la química orgánica, esta nave llevará un sismómetro que verá el interior de la luna. Gracias a misiones como esta, o la sonda Clipper, que llegará a Europa, la luna de Júpiter, en 2030, “la próxima década supondrá un punto de inflexión en nuestra búsqueda de entornos potencialmente habitables en el sistema solar”, aventura Petricca.
Fuente: elpais.com
