Cómo este planeta sobrevivió la destrucción de su estrella

Cómo este planeta sobrevivió la destrucción de su estrella

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    El afortunado mundo, un auténtico coloso llamado WD 1856 b y cuya masa supera entre cuatro y once veces la de Júpiter, se encuentra a unos 80 años luz de la Tierra, en órbita alrededor de una extraña compañera: WD 1856+534, una pequeña enana blanca que forma parte de un sistema estelar triple, el tipo de 'cadáver' en el que también nuestro Sol está destinado a convertirse.

    Las enanas blancas son los densos y fríos restos que quedan cuando una estrella similar a la que alumbra la Tierra agota por completo su combustible y apaga su horno nuclear. Sólo queda un rescoldo, una enorme brasa de materia muy densa que se consume lentamente a lo largo de miles de millones de años.

    El planeta, por su parte, «es todo un bicho raro -explica Ryan J. MacDonald, investigador de la Universidad de St. Andrews y director del estudio-. Es más masivo y aproximadamente del tamaño de Júpiter, pero la enana blanca que orbita es del tamaño de la Tierra, por lo que el planeta es siete veces más grande que su estrella». No es la primera vez que los astrónomos encuentran un planeta orbitando a una enana blanca, pero si la primera que ven a uno que lo hace tan de cerca.

    De hecho, lo que más sorprendió a los astrofísicos fue la extrema cercanía de su órbita. Y es que el gigantesco planeta completa una vuelta entera alrededor de su estrella muerta en apenas 1,4 días, unas 50 veces más cerca de lo que la Tierra lo hace del Sol. Algo sin duda desconcertante porque, según las leyes de la astrofísica, esa debería ser una órbita imposible.

    Antes de colapsar en una enana blanca, en efecto, una estrella moribunda se hincha de forma desproporcionada, como un globo gigantesco, transformándose en lo que conocemos como una gigante roja. En esta virulenta fase, la estrella multiplica su tamaño original por más de cien, calcinando y engullendo cualquier objeto que ose estar cerca. Cuando nuestro Sol llegue a ese punto crítico, devorará a Mercurio, a Venus y, muy probablemente, a la propia Tierra. De modo que si WD 1856 b hubiera estado allí, tan cerca, habría sido aniquilado sin dejar rastro.

    James Webb resuelve el enigma

    Para resolver el rompecabezas, MacDonald y su equipo recurrieron al Telescopio Espacial James Webb, la máquina más precisa jamás construida para escudriñar la atmósfera de mundos lejanos. Con él observaron cómo el gigante gaseoso pasaba por delante de su pequeña y pálida estrella en un fugaz tránsito que apenas duró 8 minutos.

    «Capturar suficiente luz para ver el espectro de WD 1856, y al mismo tiempo hacerlo lo suficientemente rápido como para no perderse el tránsito -asegura Victoria Boehm, investigadora de la Universidad de Cornell encargada de extraer los datos-, es algo que solo el Webb puede hacer». Las observaciones dieron su fruto. Y no solo eso, sino que lograron algo histórico: revelar signos de metano y nubes en el exoplaneta, siendo la primera vez que se caracteriza la atmósfera de un mundo que orbita una estrella muerta.

    Además de lo cual, los investigadores consiguieron un dato definitivo: la temperatura de la atmósfera del planeta. Y es que a pesar de recibir una luz estelar mucho más débil de la que emite una estrella 'viva', WD 1856 b desprende un fuerte calor infrarrojo propio. Según los datos, la temperatura del planeta ronda los 126 grados centígrados, lo que significa que está nada menos que 240 grados más caliente de lo que cabría esperar si su única fuente de calor fuera el escaso brillo de la enana blanca.

    Una 'fiebre' provocada por un largo viaje

    Ese extraño exceso de calor resultó ser la clave del misterio. Christopher O'Connor, astrofísico de la Universidad Northwestern y coautor del artículo, logró rastrear el origen de esa 'fiebre térmica' retrocediendo en el tiempo. Como los planetas gigantes se enfrían a un ritmo predecible, los modelos matemáticos revelaron que WD 1856 b sufrió un colosal evento de calentamiento masivo mucho tiempo atrás: concretamente, entre 3.000 y 5.500 millones de años después de que la estrella se transformara en enana blanca.

    «A medida que el planeta se movía hacia el interior -relata O'Connor-, sus interacciones con la fuerte gravedad de la enana blanca causaron que se calentara considerablemente. Se ha estado enfriando desde entonces».

    El hallazgo resuelve el rompecabezas de su supervivencia. El gigante gaseoso no siempre ocupó esa órbita abrasadora. Según el estudio, al principio de su existencia permaneció en una órbita distante y segura, lo que le permitió sobrevivir intacto a los estragos de la destructiva fase de gigante roja. Y mucho después, influenciado por la gravedad de las otras estrellas de este remoto sistema triple, el planeta fue empujado sin remedio hacia el interior, rozando el cadáver de su estrella en una frenética danza gravitacional que lo dejó anclado allí. Y es que, como afirman los astrónomos en su estudio, «la muerte estelar no es el fin; algunos planetas experimentan un futuro vibrante y animado después de la muerte de su estrella».

    Fuente: abc.es

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